Su práctica investiga nociones ampliadas de los objetos y el espacio a través del olor para generar una interacción más íntima. Es esta intimidad la que invita a los cuerpos a ocupar, inclinarse, tocar e “ingerir” las obras, creando una tensión que obliga al espectador a entrar en un estado de vulnerabilidad. Esto, a su vez, transforma el acto de percepción, difuminando los límites entre el objeto, su entorno y el cuerpo del observador.